Descripción
Solamente quienes han arrastrado el lenguaje hasta más allá de los límites, hasta asomarse a la sintaxis infartada del vacío, pueden quedarse con su sombra entre las manos y sentarse a enmudecer sin miedo en las rodillas del mundo. Este discurso exangüe de Miguel Ángel Muñoz Sanjuán no invoca a ninguna pertenencia. O en todo caso, orbita en torno a lo fallido. Su gramática dolorida es un banquete de restos, una ceremonia residual en la que «existen palabras sin fe» precipitadas como organismos ciegos hacia el des-entendimiento.
La poesía de Muñoz Sanjuán nos ha entregado, desde siempre, un conato continuo. El conato del vuelo inicial que elige detenerse antes de ser otra cosa. Las palabras se retraen a su cualidad de signos que sobreviven entre otros para hacerlos crujir en el acto del habla. Un alfabeto indefinido, un «lugar al que se llama escritura», desprendido ya de las babas retóricas y del peso de las consignas. Poesía del descreimiento. Baile de brozas y muñones como única solución, radical e innegociable, de agotar las sospechosas credenciales del texto literario.
Tomás Sánchez Santiago




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